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Francisco de Asís: un secreto a acoger

 

«Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo, que el hermano Francisco pidió al señor papa Inocencio le fuese concedida y confirmada. Y él la concedió y confirmó...»

 

(De la Regla no Bulada, de san Francisco de Asís)

 

O no comprendimos tu secreto, Francisco:

lo que había ocurrido dentro de ti, y por eso estabas tan triste

de vuelta de Foligno y de Spoleto:

lo que había ocurrido dentro

de aquella iglesia sin techo

donde solo colgaba, y de esa manera

como soberano (¡pobre y soberano!)

aquel crucifijo herido

por la luz de la luna de aquella tarde.

 

 

Y no hemos sabido nunca

y quizá jamas sepamos cómo era

su voz y qué te decía:

si un grito o un gemido

o apenas una sonrisa y después, silencio.

 

 

O no hemos descubierto jamás ese rostro

que tú rápidamente viste en el rostro del leproso;

y luego visto por doquier

entre las espinas de las zarzas o en las flores y nubes.

 

 

Y no hemos comprendido aún

lo que te ocurrió bajo la escarpada roca de la Verna

cuando, durante noche, te sentías el último gusano...

 

           

O qué te ocurrió en el jardín

cuando los rayos oblícuos herían los arbustos

y sentiste una lanza quebrarte el corazón

como su Corazón...

 

 

Y duraste aún, aunque poco, caído después en tierra

como un vaso demasiado lleno y roto

Francisco, hombrecillo de Dios, acabado de aflicción:

acogido desnudo por la tierra

como un amante que regresa

restituida por fin la túnica tomada en préstamo.

 

Francisco, Francisco, ayúdanos a comprender.

(D. M. Turoldo)